Adiós Ben Bradlee

Ben Bradlee, cuando dirigía The Washinton Post. Foto: www.observer.com

Reconozco abiertamente que la noticia de la muerte de todo un mito del periodismo -del de verdad- Ben Bradlee, me llenó de tristeza, como a muchos que también se dedican a esta bendita profesión de informar. Mi admiración por Bradlee es total, y eso que supe de su existencia, como buena parte de los mortales, por la magnífica película ‘Todos los hombres del presidente‘.

A veces uno tiene que dar algún que otro rodeo para llegar al punto que realmente le interesa. Sí. Fui de los vio antes de la película que leer el libro (o la historia) que propició la misma. Si extraordinaria es la cinta, mejor es el texto, aunque creo que no descubro nada nuevo. Bradlee, junto a Bob Woodward y Karl Berstein, lograron con el caso Watergate la caída del presidente Richard Nixon por las famosas escuchas al partido Demócrata, caso mundialmente conocido y que tan bien ilustró The Washington Post.

Adonde quiero llegar es que la verdadera figura de ese periodista y el ejercicio de periodismo de raza, hoy, -y desde hace tiempo-, no existe, y menos en un país como España. Para no señalar a nadie no pondré ejemplo alguno, ya que por estos lares eso de cargar con las culpas pese a las evidencias y las pruebas judiciales no van con nuestros políticos. Además de carecer de dignidad alguna, siempre quedarán resortes para que ese pesado lastre apenas le haga daño en su moral y en su dignidad. Para eso habrán otros al que echarles toda la mierda encima.

Como resaltó el periodista Carlos Alsina en la presentación de La Brújula del miércoles 22, Bradlee “cogió un periódico provinciano y lo convirtió en una referencia”. Una referencia y de las de verdad, siendo un espejo para muchos que, desde entonces, experimentaron algo más que sentimientos de pertenencia por una profesión que, por desgracia, no está todo lo reconocida que debiera. Para muestra el servilismo que se hace del mismo.

No me quiero olvidar de otros míticos periodistas (estadounidenses) que también han dejado esta profesión en una posición más que digna. Me acuerdo de Helen Thomas, reportera del United Press que se pasó nada menos que 49 años en la Casa Blanca haciendo preguntas incómodas a todos los presidentes, desde J. F. Kennedy hasta Obama, así como Larry King (el de los tirantes), un singular personaje que llegó a poner en compromiso a muchos de los que se pusieron frente a él.

Para poder comprobar que esa esencia del periodismo de entonces todavía pervive, me gustaría ver y leer (y porque no, describir) historias que sean capaces de honrar esta profesión. Por motivos y argumentos no serán. Pese a todo, como diría otro maestro, “¡vale la pena vivir para este oficio!”.

House of Cards: Como la vida misma

Hace algunas semanas hice una pequeña y particular incursión en la crítica cinematográfica con la película Ocho apellidos vascos, y la verdad es que me sentí muy cómodo exponiendo mis gustos sobre la cinta, obra que se ha convertido en la más taquillera de cine español. Hoy quiero dar un paso más y argumentar mi parecer de una serie que está rompiendo moldes: House of Cards.

Cierto es que hasta un par de meses no sabía que existía. La profesora Sonia Blanco (de la que ya he comentado en más de una ocasión en este blog) nos ha hablado durante sus clases  de esta singular serie y de la plataforma en la que estaba siendo emitida. Al igual que no sabía nada de la serie, también desconocía que era Netflix y, sinceramente, ambas cosas han sido un descubrimiento muy especial para mí. Decir que Netflix, en pocas palabras, es un portal de internet en el que se pueden ver series a demanda. Es decir: todos los capítulos de la serie en cuestión están a disposición del abonado y, si quiere ver uno, dos o tres del tirón lo puede hacer, o como si quiere visionarse toda la temporada de principio a fin si levantarse del sofá. En España sólo la podemos ver por Canal+.

He de decir que la serie que protagoniza Kevin Spacey ha cubierto todas las expectativas que tenía sobre ella. Sin destripar el argumento, no se puede negar que es un puro retrato de lo miserable que puede ser la política, la ambición y el poder. Todo tiene una relación considerable cuando, capítulo a capítulo, se entrelazan tramas que nos hacen mantenerla tensión.

Salvando las distancias, House Of Cards nos puede dar una aproximación muy exacta de nuestra política, la más doméstica que tengamos o bien desde el prisma que el lector quiera. Imagínense a Bárcenas, los EREs, el intento de la privatización sanitaria, Gürtel o la propia Operación Malaya, cualquier caso de corrupción elevado a la máxima potencia, y todo, con los tres elementos principales citados con anterioridad.

También es cierto que la serie aporta una visión -y con la que el espectador debe hacer su propia crítica- en que la corrupción es algo que se da por hecho, que se justifica, y que cualquier elemento es válido para conseguir lo que uno se proponga. En definitiva, que un personaje de perfil bajo sea capaz de lograr todo el poder a base de mentiras, engaños y manipulación. Créanme: como la vida misma.