La política ha dejado de ser comunicación

Los debates políticos han llegado a tal extremo que más bien parecen peleas barriobajeras. En los mismos predominan más la discusión porque sí que buscar argumentos para encontrar soluciones a los conflictos. Ha llegado a tal extremo los enfrentamientos de los políticos españoles que la imagen de los mismos está quedando muy dañada. ¿Qué credibilidad pueden dar estas personas que se insultan sin argumento alguno? ¿Este es el mensaje que quieren trasladar desde el Parlamento a la sociedad que les mantiene para que vivan a costa del erario?

Imagen de Pedro Sánchez y Pablo Casado durante una sesión de control al gobierno en el Congreso. FOTO: Europapress

Esa verborrea donde las descalificaciones toman un sobresaliente protagonismo no hace más que permear a unos ciudadanos que en los próximos meses tenemos dos citas electorales. Lo peor de todo no es lo que dicen, sino qué queda de ello. Cuando se echen a la calle a pedir el voto ¿qué programa intentarán vender a la ciudadanía para que confíen en ellos?

No hay más que ver la televisión (telediarios, programas de actualidad o tertulias políticas) oír la radio o leer los periódicos para darse cuenta que la política está muriendo. Los partidos, y especialmente los asesores de los propios políticos, se han dado cuenta que lo que vende no es otra cosa decir la mayor barbaridad para llegar al posible votante, a un elector que cada vez está más segmentado debido a las apariciones de las nuevas formaciones, y ahí están los líderes para dejarse notar sacando a relucir su impronta, o como algunos lo llaman, extremismo.

Se dice que la comunicación política es  “una disciplina de la ciencia política y de la comunicación, que se ocupa de la producción, la difusión, la diseminación, y de los efectos de la información, tanto a través de los medios de comunicación masivos, cuanto de los interpersonales, en un contexto político”. ¿De verdad es esto lo que oímos todos los días?

Agumenta Nuria Maña que en comunicación política “lo importante no es lo qué se dice, sino cómo se dice”. El cómo ha pasado de ser la moderación y la educación en la mayoría de los casos a la impronta y el insulto sin que para ello se pasen filtros. Cuando lleguen las elecciones se quejarán de la escasa participación y el abstencionismo. No hay más que ver el hartazgo de los que les mantienen en sus poltronas.

Abrazando el ‘infotainment’

Me llamó la atención el otro día en la entrevista que le hicieron a la televisiva Olga Viza en Ecoteuve donde daba a entender que gracias al infotainment, Donald Trump está ahora mismo dirigiendo el mundo desde la Casa Blanca. En la respuesta argumenta que los informativos españoles de las distintas cadenas están “abrazado la cultura de infotainment americano” dejando entrever que este movimiento puede estar dando protagonismo a quién no lo merezca.

Dicen los que entiende de esto que el infotainment no es más que la mezcla de información y entretenimiento. Hasta ahí bien, pero no veo yo mucha diversión en los telediarios salvo en los chistes de Matías Prats cuando la noticia y momento lo permite.

No sé si el infotainment tiene que ver con la manera en la que cada presentador o presentadora ofrece la información a los televidentes. En eso sí que se hemos cambiado notablemente; y no hay más que cambiar de canal para ver que hay algunos que son más solemnes que otros, pero de ahí a que haya entretenimiento…

Ahora bien. Argumenta Tomás Fuentes, profesor de postgrado en guion de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, que en el infortainment “prima más el show que la información”, y que en España lo podemos asemejar al programa Salvados de Jordi Évole. Está claro que el espacio del periodista catalán es entretenimiento donde predomina la información y sí se puede asemejar a la palabra en cuestión.

Si leemos entre línea de lo que decía en la entrevista Viza, da que pensar que este abrazo al infotainment puede llevarnos a tener como sostén de nuestro paraguas a gobernantes a los que se les están dando más protagonismo del que merezca. Seguro que más de uno tiene ya a alguien en su cabeza, y no hay más que mirar al recién formado gobierno de Andalucía para darse cuenta de por dónde pueden ir los tiros.

El ‘Pinkwashing’ como estrategia de marketing

Debo reconocer que han sido pocas las veces que he oído, leído o visto en algún lugar la palabra pinkwashing, que si la traducimos viene a decir algo así como lavado rosa. Pero esa traducción casi literal nada tiene que ver con la realidad, aunque en el fondo no es más que un gran lavado de cara que una organización cualquiera pone en marcha para no verse salpicado por las críticas que tiene por su condición, ideales o políticas internas.

Imagen del Orguyo Gay de 2017. FOTO. Cuarto Poder

La palabra en cuestión ha tomado protagonismo en los últimos meses, y más aún este domingo pasado en la manifestación que los tres partidos de la derecha de España (PP, Ciudadanos y VOX) llevaron a cabo en la plaza de Colón de Madrid en contra del Gobierno. Ahí es cuando al líder de la formación naranja, Albert Rivera, se le ve hablando ante los medios de comunicación rodeado de personas que, algunas, portaban la bandera arcoiris que defienden al colectivo de LGTBI+. ¿Qué pretendía Rivera con esta acción? ¿Lavar su imagen y la de su partido político? Digo yo que cuando llevas a cabo una acción de este tipo es porque en tu interior tienes algo que esconder, y que mejor que limpiar cualquier duda al respecto para no verse salpicado y para que no te llamen homófobo. Con esto no estoy describiendo a Rivera ni a su partido, aunque me da a mi que si llevas a cabo estrategias de este tipo es porque te puedes sentir culpable de algo. También, quién sabe, sea un guiño al colectivo, o no.

La conclusión que saco de todo esto es que no es más que una pésima acción de comunicación que te puede dejar marcado de por vida sino eres lo suficientemente listo. El pinkwashing nació en la década de los 90 cuando la Breast Cancer Action (Acción contra el Cáncer de Mama) denunció la hipocresía de las empresas que interesadamente apoyaban la lucha con esta enfermedad.

Otra acción de pinkwashing se realizará en pocos meses. Como saben, Israel será la sede que acoja el próximo Festival de Eurovisión, organización que le pertenece al país ganador del año anterior. Los colectivos de LGTBI+, mayoritarios en estos tipos de acontecimientos, se han desvinculado por completo y no quieren ser partícipes de lo que llaman una “farsa” por la imagen de progreso que está queriendo ofrecer el país cuando mantiene el conflicto bélico con Palestina.

En definitiva y para resumir, el pinkwashing es una RSC (Responsabilidad Social Corporativa) barata y mala. Como si una empresa que desprende residuos tóxicos y destruye ríos y mares, un día se decide hacer una obra de caridad sembrando árboles.

Periodistas y periodismo

Prometo que llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza para ver con qué tema podría reanudar las publicaciones en este mi blog después de casi cuatro años sin asomarme por él. Esta misma tarde me ha llegado la inspiración una vez que leí el twit que escribió ayer domingo la periodista de El Mundo, Lucía Méndez. Aunque no esté muy de acuerdo con la línea editorial de su medio, reconozco que esta mujer no da puntadas sin hilo, y más cuando se trata de un tema tan delicado y serio como la manifestación que los tres partidos de la derecha de este país llevó a cabo en la madrileña Plaza de Colón ayer domingo.

Los periodistas Carlos Cuesta (c), María Claver (d) y Albert Castillón (i) han leído un manifiesto durante la concentración convocada por PP, Ciudadanos y VOX este domingo en la plaza de Colón de Madrid, en protesta por el diálogo de Pedro Sánchez con los independentistas catalanes y en demanda de elecciones generales. EFE/Fernando Villar

Méndez hacía alusión al manifiesto leído por los periodistas Carlos Cuesta, María Claver y Albert Castillón, resaltado que más que un manifiesto fue una columna de opinión. Toda la razón tiene la periodista, y es mi opinión, que es tan respetable como el que opina que lo que se leyó fue un manifiesto, sobre todo cuando a los tres periodistas están más que identificados con los ideales que promulgan las fuerzas políticas organizadoras del evento.

Ramón Lobo, otro histórico de la profesión, también dejó su impronta y malestar por la lectura del manifiesto por los periodistas, cuando argumenta que el trabajo de los periodistas consiste en no comprar propaganda de ningún partido.

Voy un poco más allá. El periodista y escritor, Ignacio Cembrero, declaró en el especial informativo que realizó La Sexta con motivo de la concentración que los periodistas no pueden someterse a este tipo de actos, dejando entrever que pierde esa condición de independencia que tiene esta figura. Creo que tiene toda la razón, y es que los que viven –vivimos- de informar no se pueden poner tan cerca de un foco que acabará tarde o temprano deslumbrándole.

Por desgracia el periodismo se ha convertido en una lucha de trincheras para ver quién dice la barbaridad más grande. No entro en si tiene o no razón, me refiero a la vehemencia, prepotencia y hasta chulería que el plumilla de turno es capaz de sacar a relucir sus palabras para contentar a unos pocos. Castillón, Claver y Cuesta le hacen un flaco favor a la profesión señalándose, aunque poco parece importarles el hecho cuando se encuentran cómodos en el papel que realizan.

Hace unos años escribí en este mismo blog lo que sentía con el periodismo servil, algo que te puede dejar señalado, sino de por vida, por mucho tiempo, pero claro, a algunos parece no importarles demasiado.